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MAITRI

NUESTRA BRÚJULA INTERNA: EMOCIONES.

Mensajes internos que merecen ser escuchados

·1 min de lectura ·

Las emociones forman parte de nuestra vida diaria. Aparecen en el cuerpo, en los pensamientos, en la forma en que interpretamos lo que ocurre y también en la manera en que respondemos ante el mundo. A veces llegan con claridad: alegría, tristeza, enojo, miedo, calma. Otras veces se sienten como una mezcla difícil de nombrar: cansancio, tensión, confusión, irritabilidad o una sensación interna de “algo no está bien”.

Desde un enfoque psicológico, las emociones pueden entenderse como respuestas internas que nos ayudan a interpretar lo que estamos viviendo. No aparecen al azar. Surgen como una forma de comunicación entre nuestra mente, nuestro cuerpo, nuestras necesidades, nuestras experiencias y el entorno que nos rodea.

Muchas veces se habla de emociones “positivas” y “negativas”. Sin embargo, esta clasificación puede llevarnos a pensar que algunas emociones son buenas y otras deben evitarse, corregirse o apagarse. Desde una mirada más cuidadosa, las emociones no son buenas ni malas: todas cumplen una función.

Las emociones no solo se viven en la mente. También se manifiestan en el cuerpo. Una emoción puede sentirse como presión en el pecho, nudo en el estómago, tensión muscular, respiración corta, cansancio, agitación, dolor de cabeza o dificultad para descansar.

Por eso, escuchar nuestras emociones también implica escuchar las señales corporales. A veces el cuerpo nota antes que la mente que algo nos está rebasando. Podemos seguir funcionando, cumpliendo, resolviendo y sonriendo, mientras el cuerpo empieza a pedir pausa, descanso, movimiento, alimento, silencio o apoyo.

Escuchar una emoción no significa dejar que nos controle. Tampoco significa reaccionar impulsivamente desde ella. Escuchar una emoción significa detenernos un momento para preguntarnos:

“¿Qué me está mostrando esto?”
“¿Qué necesito en este momento?”
“¿Hay algo que estoy evitando, cargando o ignorando?”
“¿Qué respuesta sería más cuidadosa para mí y para los demás?”

Cuando aprendemos a mirar las emociones como señales, dejamos de pelearnos con ellas. En lugar de pensar “no debería sentir esto”, podemos empezar a decirnos: “esto que siento tiene algo que decirme”.

Atender estas señales no es exageración. Es autocuidado.

Reconocer y comprender nuestras emociones es el primer paso para aprender a regularnos, y acompañarnos con mayor claridad. Es una manera de volver a nosotros, de reconocer nuestras necesidades y de elegir respuestas más cuidadosas.

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